De Lugares y Sabores
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Notas de Viaje

Erase una vez en China

Inmensidad. En China, la inmensidad se palpa, se hace presente, se sabe: por el territorio –es el tercer país más grande del mundo–, por la cantidad de habitantes –más de 1.360 millones–, por la antigüedad de una civilización con 5.000 años de historia. Inmensidad también por esa distancia que hay desde acá hasta allá –del otro lado del mundo– y, esencialmente, por la diferencia cultural radical en el idioma, las costumbres, las creencias, las comidas.

Acabo de aterrizar en Beijing (Pekín), la capital, y esa inmensidad compleja, desafiante, extraña se ve en la convivencia de tradiciones milenarias, construcciones monumentales y una modernidad erigiéndose al ritmo del poderío económico en crecimiento que experimenta esta potencia mundial. Aún antes de salir a explorar, sé que mis próximos tres días en Beijing serán sólo un granito de arena en este océano histórico, cultural, arquitectónico y gastronómico abrumadoramente inabarcable, diverso, tan desconocido para mí. Pocos días para entender lo mucho que hay para ver. Será un coqueteo entre la historia apabullante como la de la Ciudad Prohibida, y cotidiana como la de los hutongs (callejones) .

Entre los templos cargados de incienso y la vanguardia que se ve, por ejemplo, en el edificio de la CCTV –construido entre 2004 y 2008–, sede de la Televisión Central china, 234 metros y 44 pisos en el Beijing Central Business District (CBD) e icónico por su extraño diseño (hay quienes lo llaman el “gran calzoncillo”). O en el controvertido Galaxy Soho, un megamall cuyos detractores señalan que su construcción destruyó calles históricas que resguardaban parte de la identidad.

Por suerte, ninguna nube tóxica se ha cruzado en mi camino estos días, aunque estemos en una de las ciudades más contaminadas del planeta. Sí me llama la atención la fuerte presencia policial –una cumbre mundial de presidentes la ha acentuado–, la frecuencia de los escupitajos –una costumbre que se ha tratado de erradicar sin éxito–, la enorme cantidad de motonetas acondicionadas con cobertores para no pasar frío y los bancos abiertos aun en fin de semana: “Somos como un cajero automático, trabajamos las 24 horas”, dice entre sonrisas Zhu, mi guía de turismo.

Flores en la plaza

Este viaje empezó en la plaza. Inmensa (vuelvo a este adjetivo porque ¿qué otro podría caberle a la plaza más grande del mundo?), la Plaza Tiananmen fue construida a mediados del siglo XX, con la creación de la República Popular China y es famosa no tanto por la amplitud que otorgan sus 44 hectáreas, sino por haber sido escenario de una tragedia: en 1989, aquí, estudiantes, trabajadores e intelectuales se reunieron para pedir al Partido Comunista menos corrupción, mayor transparencia, apertura, democracia. Las protestas se extendieron a otras ciudades. Fueron masacrados. Murieron cientos o miles. Muchos.

Es temprano y muchas personas pujan por entrar en la plaza vallada que tiene un férreo control policial: detector de metales, máquinas de rayos X para mochilas o carteras, personal de rostros severos. También pueden pedirte el pasaporte. Literalmente, en esta fría mañana de noviembre me encuentro de pronto en medio de una horda de chinos y viajeros de diversas latitudes intentando ingresar a esta plaza que toma su nombre de una de las puertas de la Ciudad Prohibida, la puerta de la Paz Celestial (Tiananmen o Tian’anmen). Resguarda el monumento a los Héroes del Pueblo, un obelisco de 38 metros con una inscripción que dice “Los héroes del pueblo son inmortales” y el mausoleo de Mao Zedong, de 1977, donde está el cuerpo embalsamado del presidente y líder del Partido Comunista. La cola para ver a Mao es infinita.

Se estima que cada día pasan por aquí 150.000 visitantes. Creo que hoy el promedio será superado. Quienes no hacen la cola para el mausoleo deambulan por la plaza, sacan fotos; aún se ven espléndidas las flores que se colocaron allí para celebrar el Día Nacional, en octubre. Tanta magnitud edilicia sobrecoge en un lugar donde parece que la masacre ha sido olvidada.

Una enorme foto de Mao de seis metros cuelga de la Puerta de Tiananmen, secundada por las frases “Viva la República Popular China” y “Viva la unidad de los pueblos del mundo”. Bastan unos pocos pasos para dejar atrás la historia del siglo XX e ingresar sin filtro en un pasado de dinastías imperiales, concubinas y cortesanos. Entrar en la Ciudad Prohibida es recordar escenas de “El último emperador”, la película que estrenó Bertolucci en 1987, sobre la vida de Puyi, el joven Hijo del Cielo que fue obligado a entregar el poder en 1912.

“La más accidentada y amplia de todas las historias”, señaló alguna vez el poeta inglés William Empson hablando de China y se me ocurre en este momento que la frase le cabe perfectamente a este vaivén histórico separado por un portal. La Ciudad Prohibida es un museo en sí mismo. Bueno, justamente el nombre oficial es Museo del Palacio. También es inmenso. Fue, durante 500 años, centro del poder en China. Aquí estaba el trono y la residencia del Hijo del Cielo, de los 24 emperadores chinos de las dinastías Ming y Qing. Con 74 hectáreas, esta ciudad representaba el mundo de cada uno de ellos y de sus familias. Paradójicamente, la magnitud del lugar reducía al mínimo el contacto que podían tener con el pueblo y con la realidad.

La Ciudad Prohibida fue construida entre 1406 y 1420, reconstruida y restaurada varias veces: es que las edificaciones, principalmente de madera, no ayudaron a la eterna perdurabilidad frente a, por ejemplo, los incendios.

La visita es una secuencia de salas o palacios, leones –siempre “un macho, símbolo del poder, y una hembra con una cría bajo su pata, símbolo de familia”, aclara el guía–, exquisitas escaleras de mármol blanco tallado con figuras de montañas –símbolo de longevidad–, nubes –buen augurio– y dragones –poder imperial–, muros rojos, exposiciones de ropas de cortesanos, relojes, cerámicas, pinturas y trazos caligráficos. Y tejados dorados, amarillos, el color de uso exclusivo del emperador. Centro ceremonial, el Salón de la Suprema Armonía es donde uno mejor imagina rituales majestuosos de entronización y bodas.

La revolución de 1911 acabó con todo este mundo de poderes divinos. Puyi y su familia, de la dinastía Qing, permanecieron aquí hasta 1924, cuando fueron expulsados. Un año después se inauguró el Museo del Palacio.

Puerta de Tiananmen (AFP).

 

Dragones en el árbol

El Templo del Cielo, donde los emperadores hacían sacrificios para mantener la armonía y rezaban por cosechas abundantes, es otro hito en el circuito de los viajeros que llegan por primera vez.

En los jardines que rodean al templo hay árboles enormes, antiguos, la gente los toca con devoción buscando conmover su alma vegetal y pidiendo suerte. Hay uno llamado Nine Dragon Juniper que tiene más de 500 años y en su tronco se ve como si nueve dragones estuvieran subiendo hacia el cielo. Alguien me sonríe: tiene una cámara fotográfica e invita a tomarme una foto con la vestimenta imperial. La salida del templo revela un parque muy poblado. Gente que canta en grupos –a simple vista sin organización, movidos por las ganas de expresarse–, otros juegan al ajedrez chino y otros más a las cartas.

El Palacio de Verano, una de las residencias favoritas de la temible emperatriz Cixi, también está en la lista de los atractivos básicos. El paseo es muy agradable, a lo largo de un corredor techado y decorado con pinturas sobre la madera y bellas vistas del lago Kunming. Al final, un monumento a los caprichos de Cixi: un llamativo barco de mármol “flotando” sobre el agua.

Vida en los callejones

Gran parte de los sitios históricos por los que circulan los visitantes corresponden a las dinastías Ming y Qing. Hubo transformaciones edilicias importantes a partir de 1949 y las más novedosas de opulencia arquitectónica que trajeron los Juegos Olímpicos en 2008. Han sobrevivido algunas callejuelas, los hutongs , donde está la vida cotidiana. En uno de los hutongs , cerca del moderno Gran Teatro Nacional (National Centre for Performing Arts), en Xicheng, está mi hotel, una típica casa con patio central. Al ingresar en el callejón sin veredas, encuentro una peluquería a cielo abierto improvisada a un costado, tres señores de traje conversando, una señora en bata barriendo el frente de su casita, un nene jugando a la pelota, alguien arreglando una bicicleta. La vida cotidiana, a pleno.

Pero es en Shichahai donde el mundo de los hutongs se revela de manera curiosa. De repente estoy a bordo de un rickshaw o bicitaxi (carrito tirado por una bicicleta) que recorre a toda velocidad estas callejuelas de casas de techos grises. Los rickshaw van uno detrás del otro, veloces, apurando el paso, desafiándose entre ellos, a los autos, a los peatones, frenando inesperadamente, pero sin chocar. En loshutongs abundan las casas con las habitaciones rodeando un patio lleno de plantas, aves, gatos, perros, fuentes con peces. “Mi” hutong tourincluye una parada en la casa de Zhang Yun Sheng, quien también alquila algunos cuartos: entre 280 y 360 yuanes la noche por persona. No es de extrañar que para muchos viajeros estos callejones sean tan o más atractivos que las construcciones monumentales. Están llenos de gente que viene y va, de negocios, restaurantes, de vida.

Los hutongs nacieron con la dinastía Yuan y se expandieron: de los 29 que había con los Yuan (años 1271 a 1368), pasaron a 1.070 durante la dinastía Ming y a 2.076 con los Qing. Pero las construcciones modernas fueron arrasando con ellos. Hoy quedan alrededor de 1.000. Uno de los más famosos en Shichahai es Jin Si Tao. Para recorrer a pie y detenerse en sus tiendas, es imperdible el Yandai (también conocido como Tobacco Pipe), restaurado en 2007.

Piedra de maravilla

A 80 kilómetros de Beijing se encuentra uno de los tramos de la Gran Muralla, una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno. A la distancia, en las fotos, parece fácil recorrerla. No es así. Aún en un tramo pequeño en Badaling, uno de los sitios más visitados justamente por su cercanía a la capital, hay que esforzarse para subir o hacer equilibrio para bajar. Eso no amedrenta a los miles de turistas que llegan hasta aquí cada día: hay familias enteras, gente con bebés, abuelos y chicas elegantemente vestidas con minifaldas y tacos o plataformas. Todos caminan, suben y bajan rampas y escaleritas de escalones mínimos con el objetivo de recorrer esta obra faraónica –que se cobró la vida de miles de trabajadores– cuyo objetivo era proteger el imperio de los ataques de los nómadas.

Otra vez ante la inmensidad. La del paisaje atravesado por esta columna de piedra que ha dado que hablar en la historia.

MINIGUIA
Cómo llegar

Emirates Airline vuela desde Bs. As. hasta Beijing (China) vía Dubai (EAU). El pasaje en Economy cuesta US$ 2.420 con impuestos. En Business, US$ 8.600. El tramo Dubai-Beijing se realiza con aviones A380 (tiene 519 asientos divididos en tres clases, con 429 lugares en Economy Class, 76 asientos cama en Business Class y 14 suites privadas de First Class). Hace poco la compañía –con fuertes inversiones en tecnología destinada al confort y entretenimiento de los pasajeros– fue destacada como la mejor del mundo, según un estudio de eDreams, compañía mundial de viajes online (www.emirates.com/ar).

Dónde alojarse

En el Grand Millennium, ubicado en la zona de Chaoyang, desde 1.211 pesos la habitación doble. El Park Plaza, $ 1.065 y el Holiday Inn Express, desde $ 724. En casas típicas, entre 45 y 60 dólares por persona, por noche.

Qué hacer

Ciudad Prohibida: del 1/4 al 31/10, 60 yuanes (US$ 10); del 1/11 al 31/3, 40 yuanes (www.dpm.org.cn).
Templo del Cielo: entrada general, 10 yuanes (US$ 1,5), www.tiantapark.com
Palacio de Verano: entrada general entre 10 y 30 yuanes, según sea baja o alta temporada (www.summerpalace-china.com).
Muralla China: 40 a 45 yuanes (US$ 6), www.badaling.gov.cn

Moneda

Un dólar equivale a 6,25 yuanes.

Atención

Para ingresar en China, además de pasaporte válido, los argentinos necesitan visa. Para obtenerla hay que completar un formulario (se obtiene en la web de la Embajada), foto, pasajes y reserva hotelera. Cuesta $ 320 (Crisólogo Larralde 5349, 4547-8100, ar.chineseembassy.org/esp).

Por Grisel Isaac para Clarín Viajes

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