De Lugares y Sabores
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Notas de Viaje

La Paz, abismal y fascinante

Salimos muy temprano rumbo a La Paz, a 700 km al noroeste de Sucre, donde nos encontrábamos Llegamos de noche a esta ciudad diseminada en un cañón rodeado de montañas cordilleranas. En realidad, son dos urbes en una: El Alto –a 4.070 msnm– y La Paz, que termina en los barrios Sur, a 3.280 msnm. El Alto, autónomo desde hace 30 años, es el sector pobre, con 1,2 millones de habitantes que hablan aimara. En La Paz, que incluye el centro y la residencial zona sur, viven un millón de personas que hablan español. Dos mundos que ahora se comunican con mayor fluidez: en 2014 inauguraron Mi Teleférico, con tres líneas modernísimas que transportan 18 mil personas por día. Las cabinas son para diez pasajeros y circulan cada 12 segundos. Un alivio para el tránsito y la vida diaria de los trabajadores que bajan y suben de su casa al centro y viceversa. Para los visitantes, es un trayecto imperdible que muestra en detalle el cambio arquitectónico progresivo, a medida que se desciende la ladera: de la humildad al lujo en diez minutos.

Bajamos en camioneta hasta el centro histórico, donde está el hotel Casa de Piedra. Fue llegar y mirar para arriba: La Paz es un cielo estrellado custodiado por el cerro Illimani, de 6.462 metros.

Apenas despierta el día, el centro es un fascinante hormiguero de cholitas con abultados aguayos multicolores, oficinistas y viajeros de todo el mundo. En las calles se atascan cientos de autos, colectivos y los controvertidos minibuses –combis de transporte, algo más caras que los colectivos– que pronto serán reemplazadas por “pumakataris”, ómnibus públicos para 60 pasajeros. Cruzar a pie las ruidosas avenidas de La Paz es una aventura.

Línea roja de los teleféricos inaugurados en 2014.Interior del hotel Casa de Piedra en La Paz, Bolivia.Chola con aguayo en calle céntrica de La Paz, Bolivia.En La Paz, capital de Bolivia, los típicos micros de colores conviven con los minibuses en la misma ciudad.Cholas de la mano vuelven del mercado en La Paz, Bolivia

Nos sumamos a un city tour gratuito que se inicia a las 11 de la mañana en la plaza de San Pedro. Es una recorrida a pie informal y divertida, pero con buena data paceña, a cargo de simpáticas guías con gorras rojas de la empresa Redcup Walking Tour. La primera historia es la de la Prisión de San Pedro, la más grande y famosa de Bolivia. El año pasado el gobierno cerró este presidio que no se parecía a ningún otro: era una cárcel sin guardias ni uniformes, con restaurantes, peluquerías, guarderías y hasta un hotel. Habitada por más de un millón de convictos y sus familiares, se trataba de una sociedad organizada y legislada por los propios reclusos, quienes trabajaban para acceder a lujosas celdas que se alquilaban a miles de dólares, y a una mejor vida mientras duraba su condena. En una época se hacían visitas guiadas a su interior, pero las suspendieron al descubrir que muchos entraban a comprar la cocaína que se producía en el penal que, dicen, era la más pura del país.

El tour sigue por los mercados callejeros, una marca registrada de La Paz. Cada calle tiene su especialidad. En Rodriguez y Otero de la Vega comienza el Mercado Rodríguez, el más grande y surtido de la ciudad: 46 cuadras que se cierran de viernes a domingo para puestos de frutas, verduras, pescados y otros comestibles. Las cholitas hablan quechua, aimara, español e inglés. “Los paceños hacemos las compras en los mercados. Para dos millones de habitantes hay sólo 20 supermercados en toda la ciudad”, dice una de las guías. En la calle Santa Cruz está el Mercado de las Brujas, con pociones para el amor, ofrendas para la Pachamama –ekekos, miniaturas, fetos de llama desecados– y accesorios para todo tipo de embrujos. Muy cerca está el Mercado de Medicina Natural, con productos como un polvo llamado “Sígueme, sígueme”. Le pregunto a la vendedora para qué sirve: “Para que él se convierta en tu esclavo”.

La calle Sagárnaga es la de las artesanías. Se ven cientos de sweaters de pura alpaca por 120 soles y awayos con todas las combinaciones de colores posibles, en contraste con el gris de la piedra labrada de la vecina Basílica y Convento de San Francisco (de 1581). Muy cerca, el Mercado Lanza tiene decenas de puestos de comida bajo techo: hacemos un alto para tomar un api (chicha sin alcohol).

La guía cuenta que está de moda ser cholita, y que hasta se organiza un Cholita Fashion Week. “Ahora todas quieren vestirse con las típicas tres enaguas bajo las polleras y usar el sombrero Borsalino que, según como te lo coloques, significa que estás casada o soltera”, aclara. Y agrega que no cualquiera puede ser cholita: hay que ser hija de una de ellas. “Antes eran mucamas y las discriminaban, ahora ocupan cargos públicos, son profesionales”, concluye.

La recorrida continúa en la céntrica Plaza Murillo, con la Casa de Gobierno, la Catedral y el Palacio Legislativo, que exhibe un reloj peculiar: los números están dispuestos en sentido antihorario y las agujas se mueven hacia la izquierda. Aparentemente, un símbolo del cambio político en Bolivia.

El tour termina con una propuesta insólita: lanzarse del piso 18 del hotel Presidente –el más alto de la ciudad– en rappel o caída libre por un muro de 50 metros. Amine Lahbabi, un joven de Casablanca que estudia ingeniería en París, baja por la pared con un traje del Hombre Araña ante la mirada desconcertada de los transeúntes en pleno centro de La Paz.

Por Nora Vera. Nota publicada en julio de 2015. Extracto de la nota publicada en revista Lugares n°228.

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