De Lugares y Sabores
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Notas de Viaje

Villa Traful, la aldea encantada

La creación más sublime de la Naturaleza parece plasmarse en el sur de la provincia de Neuquén, el antiguo “País de las manzanas” que originalmente albergó a comunidades mapuches y tehuelches. Esa sensación de lugar idílico transmite cada rincón del Parque Nacional Nahuel Huapi, un paisaje deslumbrante que atraviesa la ruta 40 y se mantiene inalterable a lo largo de la ruta 66, que deja atrás la legendaria traza de la 40 y avanza envuelta en tierra y ripio hacia las márgenes del lago Traful y las casitas de madera de Villa Traful, un más que digno complemento del Camino o Ruta de los Siete Lagos.

Portentosos troncos se recuestan en los claros del bosque y los perfumes de la vegetación se apoderan de la atmósfera. La estilizada silueta del lago Correntoso desaparece del alcance del Espejo y ahora es el turno del lago Traful de exhibir su semblante sereno, teñido de turquesa y entrecortado por la profusión de árboles que se interponen en el horizonte. Pese a la luminosa aparición, la madeja de coihues y cipreses persiste en oscurecer el ambiente a los costados de la ruta. Curvas y contracurvas hacen equilibrio sobre la cornisa, hasta que el túnel vegetal se descorre y entra en escena la mínima urbanización de Villa Traful.

Alto Traful
Alto Traful

E l sol de la madrugada asoma sin apuro para calentar de a ratos y levantar tonalidades ocres, mientras el poblado apenas se hace escuchar a través del murmullo de una acequia, los cantos de los gallos y los hachazos de los vecinos previsores, dedicados a acopiar leña para los días más destemplados. En las narices mismas de la aldea, el lago copa la panorámica y demanda un buen rato para ser admirado. Pero reserva una vista aún más impactante un par de kilómetros más adelante, en dirección a Confluencia y la ruta 63, un camino de tierra que bordea la caverna natural Casa de Piedra para meterse de lleno en las fauces del multicolor Paso de Córdoba.

Desde el mirador bautizado atinadamente Pared del Viento –la cima de un acantilado de origen glaciar, recostado sobre el margen sur del Traful–, el sol tenue es apenas un delgado fogonazo en el medio del Traful, que ni siquiera llega a rozar el largo brazo del muelle. Del bosque cerrado, que desde esta cómoda plataforma regala otra perspectiva, sólo emergen las columnas de humo desprendidas de las chimeneas de la aldea. A los pies del mirador, los árboles pasan a ser enanos que se alinean como súbditos de la montaña. No cuesta mucho concluir que Villa Traful y su entorno configuran una acabada síntesis de los atractivos que encierra todo el Camino de los Siete Lagos.

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Este acogedor muestrario de la flora y fauna del bosque andino patagónico aporta sus propias piezas para ese circuito, que ocupa un lugar tan privilegiado en la consideración de los turistas. Traful es el punto de partida hacia una excursión matizada por cuevas con pinturas rupestres, una seguidilla de rocas que sobresalen de los cerros y dibujan las siluetas de un castillo, una orquesta y todas las figuras que la imaginación pueda delinear sobre esas esculturas gigantes, un bosque de arrayanes que decora una pequeña isla, arroyos de aguas frías y cristalinas que se precipitan en cascadas entre enormes helechos y flores silvestres y el misterioso Bosque Sumergido, conformado por cipreses hundidos en las gélidas profundidades del lago Traful.

Cada sendero o huella que aflora en el bosque sugiere un contacto directo con la naturaleza, antes de deparar alguna agradable sorpresa al final de su recorrido. Dos de esos itinerarios con escalas y final impredecibles apuntan hacia las cascadas Coa Coá y Ñivinco, a la medida de los aficionados a las cabalgatas y el trekking. Los lugareños también insisten en recomendar el cruce del lago en lancha para animarse a practicar buceo en el Bosque Sumergido y seguir la aventura en la orilla opuesta. Un sendero sortea radales y cirpeses y trepa la pendiente de un cañadón. Más adelante, su sinuosa traza permite llegar a pie hasta las pinturas rupestres y se acomoda en la cima de un peñón rocoso (a 1.025 metros sobre el nivel del mar), el lugar más indicado para volver a observar la belleza del lago Traful, hacia el oeste, y la laguna Azul, al noroeste. Más adelante, el trekking guiado concibe otra parada insoslayable ante la vista sin obstáculos de la laguna Verde.

La pureza de las aguas de los arroyos, lagos, ríos y vertientes de la zona es una buena razón para esperanzarse con capturar en Villa Traful los mejores ejemplares de salmón del mundo. Este paraíso de la pesca fue detectado hace más de un siglo por los descendientes de la etnia mapuche y un grupo de norteamericanos visionarios, que, rápidos de reflejos, construyeron un muelle de madera sobre la orilla del lago Traful, generoso a la hora de retribuir la perseverancia de los pescadores –que recurren a las modalidades trolling, spinning y mosca– con truchas arcoiris y marrón y portentosas piezas del preciado salmón encerrado.

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La pesca requiere una dosis de paciencia y una técnica depurada, aunque en estas maravillosas latitudes se transforma en una ceremonia placentera, un rato de ocio activo para aliarse aún más con el marco natural. Puede ser el relajado complemento de la excursión hasta Cerro Negro, una travesía bastante más exigente, que demanda una fatigosa caminata en medio de un ovillo de cipreses y ñires. Después de transitar 1.500 metros hasta La Nariz –la primera estribación rocosa–, la senda se cuela entre ñires achaparrados, chauras y arbustos. Es el paso previo necesario para acceder al pedregoso suelo erosionado, que dificulta el ascenso hasta la base de los acantilados del cerro. Asoman las formaciones con forma de torre y aguja esculpidas por la erosión y, más arriba, a 1.900 metros de altura, se perfila la silueta de un monolito. Es la señal que sugiere hacer un último esfuerzo para regodear la vista –un ejercicio redundante en Villa Traful– con una pintura inmejorable, acorde con la más vistosa comarca soñada, de los cerros Tronador y Pantojo, el omnipresente lago Traful y el valle del río Minero.

El itinerario del descenso se encarga de desbordar las expectativas de los más exigentes. Esta vez caben los mejores elogios para el cerro Monje y una cadena de volcanes de la Cordillera, en la que resaltan los brillos del Lanín y el Osorno. El mejor ánimo se mantiene sin fisuras bajo el cielo despejado. Abajo espera Villa Traful, lista para seguir ejerciendo su poderoso influjo.

Cristian Sirouyan / Clarín

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